Salí de Munich a las ocho de la tarde, el primero de mayo, y llegué a Viena temprano, al día siguiente por la mañana. 29 страница

Tom tuvo que dejar de leer, entre conmovido y asombrado. ¿Era él quién había desencadenado en ella todas aquellas sensaciones? Apoyado contra el roble, casi sin aliento, dejó que su vista vagara por los campos que lo rodeaban. Para él, el trato carnal con la muchacha había sido una agradable experiencia que recordaría siempre, pero Claire hablaba del encuentro como si hubiese sido algo sublime e imborrable, convirtiéndolo en la piedra de toque que sostendría contra el paso de los años la catedral de su amor. Sintiéndose un ser aún más rudimentario de lo que era, Tom lanzó un suspiró y siguió leyendo:

Iba a contarte ahora, Derek, el modo en que viajaré a tu época, pero al recordar que durante nuestra cita en el salón de té tú todavía desconocías cómo lo hacemos, me veo obligada a guardar el secreto para no alterar lo que ya ha sucedido. Te bastará con saber que el año pasado un escritor llamado H. G. Wells publicó una novela maravillosa titulada La máquina del tiempo, que nos hizo soñar a todos con el futuro. Y que alguien nos lo mostró. No puedo decirte más. Pero te compensaré confesándote que, aunque tu misión en mi época no llegará a concluir, y la máquina en la que viajas acabará prohibiéndose, la raza humana ganará la guerra a los autómatas, y será gracias a ti. Sí, amor mío, tú serás quien venza al malvado Salomón en un emocionante duelo a espada. Créeme porque lo he visto con mis propios ojos.

Te quiere,

C.

Wells dejó la carta sobre la mesa y, tratando de esconder el sofoco que las palabras de Claire le habían producido, miró a Tom y asintió silenciosamente, sacudiendo apenas la cabeza, dándole a entender que podía retirarse. Cuando se quedó solo, volvió a tomar la carta que debía responder y releyó la detallada crónica del encuentro en la pensión, sintiendo incrementarse su acaloramiento. Gracias a aquella desconocida, al fin había comprendido cómo era el goce de las mujeres, aquella sensación que les sobrevenía con una lentitud intrigante, para cubrirlas por completo o apenas rozarlas. Qué sublime, qué luminoso e inacabable era su placer en comparación con el del hombre, tan grosero y tosco, apenas una perdigonada de éxtasis entre los muslos. Pero, ¿sentían todas las mujeres así o es que aquella muchacha era especial, un espécimen cuya receptividad había sido perfeccionada por el Creador hasta alcanzar lo inimaginable? No, probablemente se trataba de una muchacha normal y corriente, pero que gozaba de su sexualidad de un modo que las demás calificarían de temerario. La mera decisión de desnudarse completamente ante Tom ya proclamaba un espíritu audaz, resuelto a experimentar todas y cada una de las sensaciones que podía proporcionar una cópula.

Tras constatar eso, Wells se sintió desilusionado, incluso contrariado, por la pudorosa forma en la que las mujeres que había conocido a lo largo de su vida habían decidido entregársele. Su prima Isabel era de las que recurrían al agujero en las enaguas, ofreciéndole en el lecho únicamente la vulva, la cual, al quedar fuera de contexto, se le antojaba a Wells un ente aterrador, una suerte de criatura succionadora de clara estirpe extraterrestre, y Jane, aunque más desinhibida para esos asuntos, tampoco le había mostrado nunca una desnudez completa que le eximiera de intentar averiguar al tacto las dimensiones de su cuerpo. Jamás había tenido la fortuna, en definitiva, de cruzarse con alguien que mostrara la adorable predisposición de Claire. ¿Qué no habría podido hacer él con una muchacha así, tan fácil de evangelizar? Le hubiera bastado con ensalzar los efectos medicinales que el sexo tenía sobre las féminas para convertirla en una entusiasta acólita del goce de la carne, en una moderna sacerdotisa dispuesta a dar y recibir placer en cualquier momento, en un adalid de la cópula que iría de puerta en puerta asegurando que una actividad amatoria regular era capaz de mejorar el aspecto físico de las mujeres, otorgándoles un esplendor indefinido, atemperándoles la expresión, redondeando incluso las antiestéticas angulosidades de su cuerpo. Junto a una mujer como aquella, él sería sin la menor duda un hombre colmado, apaciguado, rentabilizado, un hombre que al fin podría centrarse en otras cosas, volcarse en otros intereses libre de esa picazón perpetua que poseía al varón en la adolescencia y no lo abandonaba hasta que la llegada de la decrepitud inutilizaba su cuerpo. No es de extrañar, por tanto, que acto seguido, Wells se imaginase a aquella muchacha llamada Claire Haggerty tumbada en su cama, sin una prenda que encapotara su cuerpo delgado y flexible, dejándose tocar por él con el abandono zalamero de un gato, gozando intensamente de las mismas caricias que apenas producían en Jane un suspiro cortés. Le resultó irónico comprender el goce de aquella desconocida mientras ignoraba el de su propia esposa, quien, recordó de pronto, aguardaba en alguna parte de la casa a que él le diese a leer la nueva carta.

Abandonó la cocina y fue a buscarla, realizando durante el camino ejercicios respiratorios para paliar su agitación. La encontró sentada en la sala con un libro, y depositó la cuartilla en la mesita sin decir nada, como quien deja una copa de vino envenenado y se retira a esperar los efectos que provocará en su víctima, porque sin duda aquella carta tendría efectos en Jane, como los había tenido en él, obligándolo a replantearse su manera de encarar la parte física del amor, del mismo modo que la carta anterior lo había forzado a cuestionarse el modo de sentir su lado espiritual. Salió al jardín a respirar la noche, y observó la luna que se enseñoreaba en el cielo, plena y nívea. A la sensación de insignificancia que siempre le producía el firmamento venía a sumarse ahora la sensación de torpeza que solía provocarle la manera mucho más eficaz y espontánea con que otro, en este caso la muchacha llamada Claire Haggerty, se relacionaba con el mundo. Permaneció en el jardín un largo rato, hasta que juzgó llegado el momento de comprobar qué efectos habría tenido la carta sobre su mujer.

Entró en la casa sin prisas, con pasos casi fantasmales, y al no encontrarla en la sala ni en la cocina, subió hasta el dormitorio. Allí lo esperaba Jane, de pie junto a la ventana. El fulgor de la luna perfilaba su cuerpo desnudo y oferente. Entre el pasmo y la gula, Wells estudió los volúmenes, las proporciones, la elástica sabiduría con que aquellas piezas de mujer, entrevistas siempre por separado, intuidas siempre bajo la tela, se fundían ahora en un paisaje mayor, confabulándose para crear un ser libre y etéreo que parecía capaz de echar a volar en cualquier momento. Admiró la soltura plástica de sus senos, el doloroso avasijamiento de la cintura, el plácido remanso de las caderas, la lana nocturna del pubis, los animalitos de los pies, mientras Jane sonreía abiertamente, complacida de sentirse inspeccionada por los sorprendidos ojos de su esposo. Entonces, el escritor comprendió lo que debía hacer. Como obedeciendo las órdenes de un apuntador cuya concha no veía, se deshizo de sus ropas a manotazos, exponiendo igualmente su desnudez al resplandor lunar, que se apresuró a delinear su cuerpo huesudo y enclenque. Marido y mujer se abrazaron entonces en medio del dormitorio, sintiendo el roce placentero de la piel del otro como nunca antes lo habían experimentado. También las sensaciones siguientes se les antojaron engrandecidas porque, con las palabras de Claire clavadas en la mente, cada caricia y cada beso redoblaba sus efectos, provocándoles un vértigo que no sabían si era real o producto de la sugestión, pero vértigo al cabo, y a él se entregaron, entusiastas y voraces, con deseos de explorarse el uno al otro, ansiosos por descubrir qué había más allá del jardín acotado de su placer.

Más tarde, mientras Jane dormía, Wells se fugó de la cama, caminó de puntillas hacia la cocina, tomó la pluma y comenzó a surcar el papel, invadido por una euforia indomable.

Amor mío:

Cómo ansío que llegue el día en que al fin pueda sentir todo lo que me cuentas. ¿Qué puedo decirte salvo que te amo y que te amaré tal y como dices? Te besaré con ternura, te acariciaré con lentitud y reverencia, y entraré en ti con el mayor cuidado posible, y mi placer será el doble, Claire, al saber todo lo que tú estarás sintiendo.

Tom leyó con recelo las encendidas palabras de Wells. Sabía que el escritor estaba haciéndose pasar por él, pero no podía evitar pensar que aquellas palabras bien podían pronunciarlas ambos. Era evidente que Wells estaba disfrutando con aquello. ¿Qué pensaría su mujer de eso?, se preguntó. Dobló la carta, la guardó en el sobre y la colocó bajo la piedra, junto a la lápida del misterioso Peachey. Durante el camino de regreso, continuó dándole vueltas a las palabras del escritor, sin poder evitar sentirse excluido del juego que él mismo había inventado, relegado a la condición de vulgar recadero.

Ya te amo, Claire, ya te amo. Verte solo será un paso más. Y saber que ganaremos esta cruenta guerra redobla aún más mi dicha. ¿Salomón y yo enfrentados en un duelo a espada? Hasta hace unos días hubiera dudado de tu cordura, amor mío: jamás hubiese sospechado que fuésemos a dirimir nuestras diferencias con un arma tan prehistórica. Pero esta mañana, revolviendo entre las ruinas del Museo de Historia, uno de mis hombres encontró una espada. Aquel objeto le pareció de una nobleza digna de un capitán y, como obedeciendo una orden tuya, me lo entregó con solemnidad. Ahora sé que debo practicar con ella para un futuro duelo, un duelo del que saldré victorioso porque la certeza de saber que tus bellos ojos estarán clavados en mí me dará fuerzas.

Recibe todo mi amor desde el futuro,

D.

Claire sintió un amago de desmayo, se tumbó en la cama y saboreó detenidamente las numerosas sensaciones que habían desatado en su corazón las palabras del bravo capitán Shackleton. Entonces, mientras se enfrentaba a Salomón, él sabía que ella estaba observándolo… Eso le produjo un ligero mareo del que tardó en reponerse. Cuando lo consiguió, guardó la carta en el sobre cuidadosamente. De pronto, reparó en que ya solo le quedaba por recibir una carta más de su amado. ¿Cómo sobreviviría luego sin ellas?

Intentó no pensar en eso. Ella todavía tenía que escribir dos cartas más. Tal y como le había prometido, en la última le hablaría del encuentro en el año 2000; pero, ¿y en la que debía escribirle ahora? Un tanto espantada, se dio cuenta de que por primera vez el asunto de la carta no le venía impuesto. Qué podía decirle a su amado que todavía no le hubiese dicho, especialmente teniendo en cuenta que todo cuanto decidiera contarle debía ser examinado con sumo cuidado, no fuera a suministrarle una información que pusiera en peligro el tejido del tiempo, que había resultado ser tan frágil como el cristal. Tras darle algunas vueltas, decidió hablarle de cómo transcurrían sus días ahora sus días de enamorada sin amante. Se sentó ante su escritorio Y tomó la pluma:

Amor mío:

No sabes lo que significan para mí tus cartas. Sé que solo recibiré una más, y eso me provoca una honda tristeza. Pero te aseguro que seré fuerte, que no desfalleceré, que no dejaré de pensar en ti, de sentirte a mi lado cada segundo de mis largos días. Y por supuesto no dejaré que otro hombre mancille nuestro amor, aunque no vuelva a verte nunca más. Prefiero vivir de tu recuerdo, por mucho que mi madre, a la que por supuesto nada he contado —para ella mi enamoramiento no tendría validez, ya que no le parecerías más que un espejismo poco útil—, no deje de concertarme citas con los solteros más pudientes del barrio. Yo les recibo con cortesía, y luego me divierto inventándoles los más absurdos defectos para rechazarlos, que hacen que mi madre me mire con incredulidad. Mi reputación se arruina más y más cada día: voy camino de convertirme en una solterona que avergonzará a la familia. Pero, ¿qué me importa lo que los demás piensen? Soy tu amada la amada del bravo capitán Derek Shackleton, aunque tenga que amarte en secreto.

Salvo esas tediosas entrevistas, el resto del día, amor mío, te lo dedico a ti, pues he aprendido a sentirte a mi lado aunque estés a una distancia de siglos, revoloteando en torno a mí como una fragancia. Te siento a mi alrededor en todo momento, observándome con tus ojos tiernos, aunque a veces me entristezca no poder tocarte, que tu presencia no sea más que un recuerdo insustancial, que no puedas compartir nada conmigo. Que no puedas pasear de mi brazo por Green Park, que no puedas ver atardecer sobre The Serpentine cogido de mi mano, o que no puedas oler el aroma de los narcisos que cultivo en mi jardín y que, según mis vecinas, perfuman todo St. James’s Street.

El escritor lo estaba esperando en la cocina, como las otras veces. Tom le tendió la carta sin decir nada, y se retiró antes de que este se lo pidiera. Qué podía decirle. Aunque en el fondo sabía que aquello no era cierto, no podía evitar sentir que Claire se dirigía al escritor y no a él. Se sentía como un intruso en aquella historia de amor, la mitad podrida de la manzana. Al quedarse solo, Wells desdobló la carta y comenzó a recorrer con avidez la esmerada caligrafía de la muchacha:

Aun así, Derek, te amaré hasta que mi vida se apague, y nadie podrá negar que habré sido feliz. Sin embargo, he de confesarte que no siempre resulta fácil. Según tú, no volveré a verte más, y eso me resulta tan insoportable, pese a mi fortaleza, que a veces intento sobreponerme pensando que tal vez te equivoques. Eso no significa que dude de tus palabras, amor mío, por supuesto que no. Pero el Derek que las pronunció en el salón de té no hacía sino guiarse por las mías, por estas palabras, y ese Derek que tras amarme en la pensión regresó apresuradamente a su tiempo, ese Derek que todavía no eres tú, tal vez no soporte no volver a verme más y se las ingenie para regresar junto a mí. Lo que ese Derek hará no lo sabemos ni tú ni yo, pues sus pasos se salen del círculo. Esa es mi esperanza, amor mío. Tal vez ingenua, pero necesaria. Ojalá vuelva a verte. Ojalá te guíe hasta mí el aroma de mis narcisos.

Wells dobló la carta, la guardó de nuevo en el sobre y la depositó sobre la mesa, donde la contempló un largo rato. Entonces se levantó, caminó en círculos por la cocina, volvió a sentarse, se levantó de nuevo, dio algunas vueltas más, y finalmente se dirigió a la estación de Woking a solicitar un coche. «Voy a Londres a resolver un asunto», le dijo a Jane, que estaba trabajando en el jardín. Durante el camino intentó que el corazón no se le desbocara.

A esa hora de la tarde, St. James’s Street parecía mecerse en un tranquilo silencio. Wells ordenó detener el carruaje al principio de la calle y pidió al cochero que le esperase. Se ajustó el sombrero, se enderezó la pajarita, y olisqueó ávidamente el aire, como un sabueso. Tras la aspiración concluyó que aquel aroma débil y un tanto evocador, ligeramente parecido al del jazmín, que se intuía tras el de la mierda de caballo debía de corresponder a los narcisos. Le gustó la simbología que aportaba la flor al cuadro, ya que según había leído, el narciso, al contrario de lo que se creía, no había heredado su nombre del bello dios griego, sino que se lo debía a sus propiedades narcóticas. El bulbo del que nacía el narciso tenía componentes alcaloides capaces de provocar alucinaciones, y aquella peculiaridad le parecía a Wells terriblemente oportuna: ¿acaso no estaban ellos tres —la muchacha, Tom y él mismo— atrapados en una alucinación? Examinó la calle, larga y umbría, y echó a andar por la acera con el aire ocioso del paseante, aunque a medida que avanzaba en dirección a la supuesta fuente del aroma empezó a notar cómo se le secaba la boca. ¿Por qué estaba allí, qué pretendía? No lo sabía con exactitud. Lo único que sabía era que necesitaba ver a la muchacha, ponerle un rostro a la destinataria de sus encendidas palabras o, en su defecto, contemplar la casa desde donde ella le escribía aquellas hermosas cartas. Quizás con eso fuese suficiente.

Antes de lo esperado, se encontró ante un jardín cuidado con innegable esmero, provisto de una pequeña fuente a un lado y cercado por una verja en la que se enredaban perezosamente unas flores de grandes pétalos, de un color amarillo pálido. Dado que en la calle no había ningún otro jardín que pudiese rivalizar en belleza con aquel, Wells dedujo que las flores que tenía delante debían de ser los narcisos, y la elegante casa, en consecuencia, el hogar de Claire Haggerty, la desconocida de la que fingía estar enamorado con una convicción que no le demostraba a la mujer que verdaderamente amaba. Sin querer reflexionar demasiado sobre aquella paradoja, por otro lado acorde con su contradictoria naturaleza, se aproximó a la verja, y casi introdujo la nariz entre los barrotes con la intención de atisbar tras los cristales emplomados de las ventanas algo que diera sentido a su urgente presencia allí.

Fue entonces cuando reparó en la muchacha que lo contemplaba un tanto perpleja desde una esquina del propio jardín. Al saberse descubierto, Wells intentó disimular, pero su reacción distó mucho de resultar natural, especialmente porque enseguida comprendió que aquella muchacha que lo observaba con recelo no podía ser otra que Claire Haggerty. Intentó tranquilizarse, al mismo tiempo que le tendía una sonrisa inofensiva, ridículamente afable. «Bonitos narcisos, señorita —celebró con voz aflautada—, su aroma se huele desde el comienzo de la calle». Ella sonrió, y se acercó un poco, lo suficiente como para que el escritor pudiera constatar la belleza de su rostro y el fragilísimo porte de su cuerpo. Aunque vestida, ahí la tenía al fin, ante sus ojos. Y, pese a la naricilla algo respingona que arruinaba su serena belleza de estatua griega, o quizás por eso mismo, se le antojó ciertamente hermosa. Aquella muchacha era la destinataria de sus cartas, su amada de mentira. «Gracias, caballero, es usted muy amable», dijo ella, correspondiendo a su elogio. Y Wells abrió la boca, como para decir algo, pero enseguida volvió a cerrarla. Todo cuanto quería decirle iba contra las reglas del juego en el que había accedido a participar. No podía decirle que, aunque le pareciera un hombre bajito e insignificante, era él quien escribía aquellas palabras sin las que ella afirmaba que no podría vivir. Ni podía decirle que sabía con absoluta precisión cómo experimentaba ella el goce de la carne. Y mucho menos podía decirle que todo aquello era una farsa, advertirle de que no se consagrara a aquel amor que solo estaba en su mente, que no existían los viajes en el tiempo ni había ningún capitán Shackleton librando una guerra contra los autómatas en el año 2000, porque decirle que todo eso era una elaborada mentira cuyo precio iba a ser su vida equivalía a entregarle una pistola para que se disparase en el centro del corazón. Reparó entonces en que ella lo observaba a su vez con curiosidad, como si su rostro le resultara familiar. Temiendo ser reconocido, Wells se apresuró a llevarse una mano al sombrero, ejecutó una educada reverencia y reanudó su paseo intentando no caminar demasiado rápido. Intrigada, Claire lo contempló alejarse durante unos minutos, hasta que finalmente se encogió de hombros y regresó a la casa.

Desde la acera de enfrente, oculto tras un muro, Tom Blunt la contempló desaparecer en el interior de la vivienda. Salió entonces de su escondite y sacudió la cabeza. Ver aparecer a Wells le había sorprendido, aunque no demasiado, ciertamente. Tampoco al escritor le habría asombrado excesivamente encontrarlo allí. Al parecer, ninguno de los dos había podido resistirse a la tentación de buscar la casa de la muchacha, cuya dirección ella había revelado sutilmente con la esperanza de que, en caso de volver, Shackleton pudiera localizarla.

Regresó a su escondrijo de Buckeridge Street sin saber qué pensar con respecto a Wells. ¿Se había enamorado el escritor de ella? Supuso que no. Habría acudido a su casa alentado simplemente por la curiosidad. ¿Acaso, de estar en el lugar de Wells, no intentaría también él ponerle un rostro a la muchacha a la que debía escribirle palabras que probablemente no le habría dicho nunca ni a su propia esposa? Se tumbó en el camastro sintiéndose terriblemente cansado, pero los nervios y el estado de permanente tensión en el que se hallaba no le permitieron dormir más que un par de horas, y antes de que empezara a clarear, emprendió el largo camino hacia la casa del escritor. Aquellas caminatas le estaban poniendo más en forma que los entrenamientos a los que lo sometía Murray, cuyo sicario no había vuelto a aparecer para castigar la desfachatez con la que estaba incumpliendo sus órdenes, aunque no por ello pensaba bajar la guardia.

Wells le esperaba sentado en los escalones del porche. Tampoco él parecía haber descansado demasiado. Tenía un aspecto ajado y ojeroso, y un extraño brillo en los ojos. Probablemente había pasado la noche en vela, escribiendo la carta que ahora sostenía en sus manos. Al verlo, lo saludó con un lacónico cabeceo y le entregó la misiva evitando mirarle a los ojos. Tom la tomó y, sin querer romper tampoco él aquel silencio tan cargado de sobreentendidos, se volvió para regresar por donde había venido. Oyó entonces la voz de Wells: «¿Me traerás su carta aunque ya no tenga que contestarla?». Tom se volvió y lo contempló con profunda pena, aunque no supo si aquella lástima era por él o por sí mismo, o incluso por Claire. Al fin asintió un tanto funestamente, y abandonó la casa del escritor. Solo cuando se hubo alejado lo suficiente, abrió el sobre y comenzó a leer.

Amor mío:

En mi mundo no existen los narcisos, ni queda el menor rastro de ninguna otra flor, pero te aseguro que al leer tu carta casi puedo olerlas. Sí, puedo verme a tu lado, en el jardín del que me hablas, que imagino cuidado con esmero por tus manos nacaradas, arrullados tal vez por alguna fuente cantarina. De algún modo, amor mío, gracias a ti, puedo olerlos desde aquí, desde la otra orilla del tiempo.

Tom sacudió abatido la cabeza, imaginando cómo aquellas palabras conmoverían a la muchacha, y volvió a sentir lastima por ella y, en última instancia, un tremendo asco de sí mismo. La muchacha no merecía aquel engaño. Era cierto que aquellas cartas iban a salvarle la vida, pero en el fondo no estaban sino reparando el daño que él le había hecho tan egoístamente, sin más propósito que calmar los ardores de su entrepierna. No podía felicitarse por haber impedido su suicidio y olvidarse del asunto sin más, dejando que Claire arruinara su existencia por una mentira, que decidiera enterrarse en vida por una quimera. El largo paseo hasta la colina sirvió para aclararle las ideas, llevándole a concluir que el único modo de expiación que tranquilizaría su conciencia sería amarla verdaderamente, hacer realidad aquel amor por el que ella estaba dispuesta a sacrificarse, es decir, hacer que Shackleton regresara desde el lejano año 2000, jugándose la vida por ella, tal y como Claire anhelaba. Aquello era lo único que podía reparar totalmente su falta. Pero también era lo único que no podía hacer.

Daba vueltas a esos pensamientos cuando, para su sorpresa, distinguió a la muchacha junto al roble. Pese a la distancia la reconoció sin problemas. Se detuvo en seco, aturdido. Por increíble que le resultase, Claire estaba allí, de pie junto al árbol, protegiéndose del sol con la sombrilla que él le había traído a través del tiempo. Al pie de la colina, distinguió también un carruaje, con el cochero cabeceando aburrido en el pescante. Corrió a ocultarse tras unos arbustos antes de que alguno de los dos reparase en que no estaban solos en aquel paisaje. ¿Qué hacía Claire allí?, se preguntó. Pero la respuesta era obvia: la muchacha lo estaba esperando. Sí, Claire lo estaba esperando o, más exactamente, esperaba la irrupción de Shackleton en aquel sitio, emergiendo de un pliegue del aire, proveniente del año 2000. Sin poder resignarse a su ausencia, la muchacha había decidido oponerse al destino, había decidido actuar; y qué forma más sencilla de hacerlo que acudiendo al lugar donde el capitán aparecía para recoger sus cartas. La desesperación había llevado a Claire a hacer un movimiento fuera del tablero. Y, oculto tras los arbustos, Tom se maldijo por no haber considerado aquella posibilidad antes, sobre todo tratándose de una muchacha que ya le había demostrado de sobra su inteligencia y su audacia.

Permaneció allí escondido casi toda la mañana, contemplándola con tristeza dar pequeños paseos alrededor del roble, hasta que finalmente se cansó, subió al coche y regresó a Londres. Tom emergió entonces de su escondite, dejó la carta bajo la piedra y regresó también a la ciudad. Mientras caminaba, recordó las afligidas palabras con las que Wells había terminado su último encargo:

Una infinita pena me inunda al ser consciente de que esta es la última carta que voy a escribirte, amor mío. Tú misma me lo dijiste, y también en esto te creo. Me gustaría seguir escribiéndote hasta que nos encontremos el próximo mayo, pero si algo he descubierto con todo esto es que el futuro está escrito, y que tú lo has leído, por lo que imagino que algo ocurrirá para que yo no pueda seguir enviándote más cartas, supongo que la prohibición de la máquina y la cancelación de mi misión, que no está dando ningún fruto. Mis sentimientos son ahora contradictorios, como imaginarás: por un lado me alegra saber que para mí esto no es un adiós definitivo, ya que te veré dentro de muy poco, pero por otro el alma se me desgarra al pensar que tú ya no volverás a saber de mí. Aunque eso no significa que mi amor desaparezca. Seguirá aquí, te lo prometo, porque si algo tengo claro es que continuaré amándote, Claire. Continuaré amándote desde mi mundo sin flores,